Colapso inevitable de una criatura triste
Gritos a medianoche, el gato maúlla sentado en la ventana rota. Brisa fría de invierno cercana a la primavera. El suelo se columpia en una delgada tira de cordura. Gritamos sobre el tejados a las tres de la madrugada, gritamos a tres metros bajo tierra. Pequeños pedacitos de alegría dosificados cada tres semanas, cada tres meses, cada tres horas, cada tres días, sobredosis que estalla en la más profunda tristeza. Aparatos para escalar la cima de la montaña, picos adornando cuerpos inertes adormecidos. Cuerpos llenos de veneno. Salta desde el edificio más alto del mundo y desaparece lentamente, uno a uno, otra vez. Gatos desprotegidos.
Toxicidad en las venas, justo en el torrente sanguíneo donde somos almas en pena. Bonitos ríos de sangre corren por las calles disparejas.
De cabeza sobre el valle de espinas, de cabeza sobre el inmenso océano. Pequeños brotes que salen de la boca y se alojan en tus ojos. Púrpura sobre tus hombros, azul violáceo sobre tus hombros, sobre cada superficie existente en tu piel.
Retumba el sonido de los gritos en tu cabeza, una y otra vez gritan, maullidos.
Desesperación por alcanzar lo inalcanzable, palabras desechadas como basura y tu cuerpo se comprime, somos nada y a la vez solo la suma de un todo demasiado complejo y jodidamente hermoso, como la luna en lo alto del cielo.
Tú maldita idea por aferrarte a algo y no caer, tu búsqueda por una vía de salvación, saltando de un lado a otro para no resbalar en el final, y estás tan tan tan tan tan cerca de él. Abanico de colores putrefactos con destellos.
Dolor en el simulacro de corazón y día demasiado asfixiante, las ganas de soltar y caer, llorar como siempre y como nunca. Patética.
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